enigma sn. martin

Los misterios y secretos detrás del héroe. José Francisco de San Martín , su vida en un enigma constante.


Episodio 29: «El Sable Corvo de San Martín en Mendoza» (1823-1833)

«El Sable Corvo de San Martín en Mendoza (1823-1833)”

Por Eduardo Guidolín Antequera

«Contemos toda la historia»

Parece ser un mal necesario, en el itinerario de la vida de San Martín, contar sólo una parte de la historia o aquella que convenga según la circunstancia. Y ahí aparece el quilombo —permítaseme el término— por el traslado del sable Corvo de un lugar a otro. ¿No aprendemos más? Lo verdaderamente preocupante no es el hecho en sí, sino las acciones, las instituciones y los replicadores que deciden formar parte de este episodio, histórico sin dudas, pero que no deja de empañar la imagen de lo que San Martín es —o debería ser— en su dimensión más profunda. El sensacionalismo termina opacando al propio Libertador, incluso a través de su símbolo más notable, ese que supuestamente lo acompañó siempre. Y ahí es donde conviene detenerse: ¿lo acompañó siempre? La vida de San Martín es un anagrama, un código aún sin descifrar, plagado de huecos. Lo he dicho antes y lo sostengo ahora: no es reiteración, es consecuencia. Siempre falta una pieza para comprender por completo los momentos que se intentan justificar de su vida. Y en parte, él mismo es responsable de ese vacío: fue misterioso, silencioso y estratega incluso de su propia existencia. Hoy, quienes lo admiramos intentamos poner de manifiesto ese legado inmortal, hecho de ejemplos y acciones dignas de ser imitadas. Porque San Martín supo conjugar dos dimensiones —la pública y la privada— y hoy me animo a decir que existe una tercera: la que se construyó alrededor de él. Vale recordarlo —y no es casual— porque ya lo dejé insinuado en el Episodio 14, allá por 2025, cuando hablé del sable Corvo en Mendoza, un detalle que a muchos, enfrascados en esta pelea sin sentido, se les pasa convenientemente por alto. https://elenigmasanmartin.com/2025/03/04/episodio-14-las-obras-de-arte-religioso-de-san-martin/

Entraremos en un mar de contradicciones.
Por que ahí está el ADN de lo que nos han contado de la historia, y de lo que creemos que es la historia .

San Martín llega a Mendoza (1823)

El relato histórico vívido de Manuel Olazabal se convierte en una pieza fundamental para poder ver detalles de su regreso a Mendoza. Ya hemos abordado este tema en distintas ocasiones, pero hoy lo utilizaremos para ver lo relatado y lo sucedido, o lo imaginado y lo que realmente sucedió.

Este actor en cuestión relata varios detalles que los pondré cronológicamente pero si en un mismo sentido. Olazábal dirá:


«Cabalgaba una hermosa mula zaina con silla de las llamadas húngaras, y encima un pellon, y los estribos liados con paño azul por el frío del metal. Un riquísimo guarapón (sombrero de ala grande) de paja de Guayaquil cubría aquella hermosa cabeza en que, había germinado la libertad de un mundo, y que con atrevido vuelo había trazado sus inmortales campañas y victorias.  El chamal (poncho) chileno cubría aquel cuerpo de granito, endurecido en el vivac desde sus primeros años.

Vestía un chaquetón y pantalón de paño azul, zapatones y polainas, y guantes de ante amarillos.

 Su semblante, decaído por demás, apenas daba fuerza a influenciar el brillo de aquellos ojos que nadie pudo definir».

En la descripción del Libertador NO APARECE RASTRO ALGUNO DE SU SABLE CORVO.

«La Viuda»

“María Josefa Morales de los Ríos viuda de Pascual Huidobro”. He aquí la mujer del litigio de fidelidad de San Martín cuestionada por la historiografía sanmartiniana. Borrada, o quitada del medio, cifrada bajo el seudónimo de «la Condesa», fue y ha sido INVISBLE A LOS OJOS DE MUCHOS QUE NO QUIEREN VER. Hoy solo la presentaremos como la Guardiana Custodia del Sable Corvo en Mendoza. El granadero de San Martín en sus memorias da un dato sobre José y Josefa:

«El general, enemigo como siempre de manifestaciones públicas, burló la vigilancia del gobierno y pueblo que lo esperaban, y fue, sin ser sentido, a bajarse en la casa habitación de la distinguida señora doña Josefa Huidobro donde fue constantemente cumplimentado y obsequiado por aquella digna ciudad».

Olazábal no la niega pero la enmascara, pues utiliza el apellido de su difunto marido. San Martín hace una parada elegida en casa de Josefa antes de pasar a Barriales (a su casa de Campo) donde permanecería aislado de lo que ya empezaba: el ocaso de su vida pública.

López lo advierte, él actúa

En 1823, San Martín recibe una carta confidencial del gobernador de Santa Fe, Estanislao López, quien le advierte que, según sus espías en Buenos Aires, el gobierno planea juzgarlo por un consejo de guerra al regresar, acusándolo de desobedecer órdenes durante las campañas de Chile y Perú. Para evitar ese «escándalo», López le ofrece dos opciones: Reunirse con él al frente de las milicias de Santa Fe para entrar triunfalmente a Buenos Aires, o escapar con su ayuda hacia Montevideo.

Olazábal nos cuenta:

Al devolverle la comunicación vió su rostro completamente demudado, y aquella voz de trueno que se oyó siempre victoriosa en los campos de batalla, desfallecida.
En seguida dijo: «No puedo creer tal proceder en , gran pueblo de Buenos Aires. Iré, pero iré solo, como he cruzado el Pacífico, y estoy entre mis mendocinos.
Pero si la fatalidad así lo quiere,yo daré por respuesta mi sable, la libertad de un mundo, el estandarte de Pizarro, y las banderas que flotan en la Catedral, conquistadas con aquellas armas que no quise teñir con sangre argentina. !No! ¡Buenos aires es la cuna de la libertad».

Aquí aparece la mención del sable, utilizado según el relato del interlocutor en la voz de San Martín para presentarse en Buenos Aires portando su sable y dar batalla, Pero esa imagen es metafórica. No ocurrió de ese modo..

«San Martín se va de Mendoza»

La despedida definitiva de San Martín de Mendoza fue el 20 de noviembre de 1823. Qué día, ¿no? El cumpleaños de Remedios, ya fallecida meses antes en Buenos Aires y a quien no pudo acompañar en sus últimos días, entre amenazas, tensiones y silencios impuestos. Sin embargo, al partir dejó en Mendoza algo más que recuerdos y bienes: dejó el sable corvo. ¿En manos de quién? De Josefa. ¿Y dónde? En su refugio, en el lugar que él mismo había elegido y fundado. Esto no es un recurso discursivo ni una metáfora forzada: fue real. Y es ahí donde asoma la pregunta, una más dentro del lenguaje silencioso del gran estratega. ¿Dejar aquel sable fue la garantía de un regreso? ¿O fue, acaso, una forma de afecto, de cuidado, de amor, dicha sin palabras para los oídos de la posteridad y de los demás?

Reflexiones y verdades

Vamos a citar fuentes para demostrar esto:

San Martín á Balcarce y su esposa

Mis amados hijos:

París, 5 de diciembre de 1835(3)

Con sólo cinco días de diferencia, he recibido sus dos cartas de 1.° de agosto y 4 de setiembre, á las que voy á contestar por última vez, pues al recibo de ésta ya estarán en vísperas de partir. Inmediatamente que recibí la carta para el librero, Mr. Jorge, ó José, me vine á París para entregársela; él me dijo que al siguiente día me daría la contestación; ella es la siguiente:

1.», que era imposible en un corto tiempo encontrar los libros que se le piden de ocasión; 2°, que no se le indica la edición de las obras; y 3°, que aunque se compren nuevas todas las obras que se le piden, no las podrá entregar por lo menos hasta fin de este mes. Á estas 135 dificultades, agregadas las de ignorar para qué época habrá buque disponible que pueda partir para Buenos Aires, en el Havre, nos han hecho decidir á suspender la remisión de los libros, pues no podrían llegar antes de la salida de ustedes de ésa. Por otra parte, yo he creído que para que este negocio tenga buenos resultados, será más conveniente se haga por usted mismo respecto al poco tiempo que pueda usted tardar en venir.

Vengan los papeles rotulados: interesantes. El estandarte, el tintero de la inquisición, en fin, si usted cree que los otros papeles pueden dejarse con seguridad en ésa, háganlo en el concepto que como yo estoy y estaré retirado del mundo, para mí no serán de ninguna utilidad y sí para ustedes y sus hijos. Ya tengo dicho á usted últimamente sobre el reloj. Si él vale la pena de costear su conducción y se halla en buen estado, tráiganlo—de lo contrario véndanlo, si hay comprador; lo que sí les encargo se traigan es mi sable corvo, que me ha servido en todas mis campañas de América, y servirá para algún nietecito, si es que lo tengo. En cuanto á lo demás, ya tengo escrito con extensión en la suposición de que deben venir contando no volver á América hasta después de mi muerte.

Encargué á usted dos ó tres pieles de tigre: no traiga usted más de una; esto es si es buena y á un precio que no pase de 10 á 15 pesos á lo más, esto en plata. Yo creo que lo más que ustedes pueden aguardar para su salida es hasta mediados de marzo, para recalar en mediados de mayo. Si ustedes salen más tarde, pierden la bella estación de la primavera. Cuando salimos de ésa con Mercedes para Europa, lo verificamos el 11 (10) de febrero, época, en mi opinión, mejor que marzo, y tuvimos un excelente viaje. Va, por última vez, la inclusa de Delpech. Déle usted dirección y vea de traer una respuesta. Yo pienso pasar la mayor parte del invierno en Grand-Bourg, tanto porque me encuentro mejor de salud, cuanto porque no me gusta la residencia en París, demasiado bulliciosa en comparación de la calma y tranquilidad que gozo en el campo.

Cuando lleguen ustedes al Havre, no se detengan sino lo más preciso y vénganse en seguida. Es menester escribirme el mismo día de su llegada, pues como la carta tiene que ir á Grand-Bourg, se atrasa un día y otro que necesito para venir á esperarlos. En esta carta me dirán el día de su salida, hora de su llegada á ésta y diligencia en que vienen, para esperar- los. Los efectos que traigan, los pondrán en una de las casas Roulage Aceleré, que hay en el Havre, pues si vienen por el Roulage ordinario, tardan muchos días, y el objeto es el de irnos al campo inmediatamente. La «Herminia» saldrá el 12 de éste; yo estoy muy agradecido al capitán Soret, que ha estado varias veces á buscarme; desgraciadamente me hallaba ausente en una casa de campo del amigo Aguado, en el Berry — lo que me ha impedido haber tenido el gusto de verlo.

Muchas cosas á la mamá y hermanos.

Adiós, hijos míos, hasta que tenga el gusto de abrazarlos su padre y mejor amigo.

Muchas cosas á Goyo Gómez.

San Martín.

San Martín, J. de. (1910). Su correspondencia, 1823-1850 (2ª ed.). Imprenta de Bailly-Baillière e Hijos. (pp. 324-325)

La familia Balcarce–San Martín estuvo en la Patria por razones estratégicas: el nacimiento de su hija y la necesidad de ordenar y acomodar asuntos pendientes de San Martín en la Argentina, Chile y Perú. Es en ese contexto que el Libertador, desde Francia, les recuerda en su pedido que lleven consigo su sable corvo, junto a otras pertenencias de valor —como ya he señalado en el Episodio 14 de este blog—. El gesto no es menor ni casual: forma parte de ese lenguaje silencioso, preciso y estratégico con el que San Martín continuó interviniendo, aun a la distancia, en la construcción de su propia historia.

Este breve episodio ha intentado poner de manifiesto las otras caras de la moneda, aquello que sucede y sucedió como si se repitiera una y otra vez, aun sin la presencia física de José de San Martín. Desuniones, tironeos, intentos de apropiación simbólica: unos queriéndolo llevar para un lado, otros para otro; intereses cruzados, partidismos, fanatismos y silencios convenientes. Su vida está llena de recovecos y contarla de manera completa no sólo es necesario: construirá, inevitablemente, otra historia. Porque lo que pasó y lo que pasa son condimentos de una misma comida; el pasado no está tan lejos como a veces creemos. No pretendo, con lo expuesto, alimentar la discordia sobre dónde debería estar, sino recordar que ese sable fue símbolo de algo más, que interpela al hombre y al héroe al mismo tiempo, explicar los porqués y narrar lo que vino después. Y ese después es hoy.
San Martín no volvió. Envió a su familia para resolver asuntos, recuperar pertenencias, cerrar capítulos inconclusos. Y también es cierto —y esto debería preocuparnos— que murió lejos de la tierra que amaba, exiliado de aquello que verdaderamente anhelaba. Entonces la pregunta es inevitable: pueblo argentino, ¿vamos a seguir dividiendo las aguas y compitiendo por quién es más sanmartiniano según tal o cual decisión? Si vamos a homenajearlo, respetarlo, imitarlo, pronunciar su nombre como bandera, deberíamos empezar por aprender de sus acciones; de lo contrario, no somos sanmartinianos. Partidismos, instituciones, disputas estériles sobre aquí o allá… cuánto queda por valorar y recuperar antes de seguir peleando. Y, sobre todo, dejar de jugar con cuentitos y animarnos a decir las verdades. Si hablamos del sable corvo, me quedo con lo real: que ese sable sea la libertad expresada en verdad (Josefa es una Verdad, la década en Mendoza custodiado y resguardado, también lo es). Para cerrar, vale recordar que no sólo Buenos Aires importa; cada sitio, persona y circunstancia que construyó la gesta también forman parte de esta historia mayor. Está bien pensar que Dios atiende allá pero San Martín es de todos y debería estar en todos lados, NO olvidemos la «Patria Grande» que el imaginó. Dicho esto, dejo las palabras del propio Libertador sobre por qué no volvió. Hoy no son guerras civiles, pero sí batallas ideológicas y políticas que, una vez más, nos interpelan. Lee este párrafo y saca tus conclusiones. Mi abrazo de siempre.

Carta a su Amigo Pedro Molina desde Grand Bourg (1836):

«Si como es de esperar esta paz sigue, estoy resuelto a regresar a mi Patria, de quien no exijo otra cosa que me dejen vivir con tranquilidad los pocos días de vida que me resten, es decir, que no se acuerden de mi para ningún mando político, y no tomar jamás la menor parte en ningún género de disensiones, porque antes preferiría volverme a expatriar que verme en la necesidad de tomar parte en alguna guerra civil y, a la verdad, que a mi edad no es nada agradable volver a hacer otra vez un viaje a Europa».



Deja un comentario