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Los misterios y secretos detrás del héroe. José Francisco de San Martín , su vida en un enigma constante.


Episodio 30: «Otro José de San Martín, en el Ejercito Español”

«Otro José de San Martín, en el Ejercito Español”

Por Eduardo Guidolín Antequera

«La homonimia de la lealtad«

En la historia —esa que debemos revisar constantemente— aparecen, a veces, ciertas ironías que parecen escritas con una intención más profunda que el simple azar. Son esos pliegues del destino donde los nombres, las ideas y los hombres se cruzan de manera inesperada, dejando entrever que la realidad no siempre es lineal, sino que se construye también desde sus contradicciones. Vamos a conocer, entonces, a otro José de San Martín, si leíste bien otro José de San Martín.

Un español peninsular, letrado y capitán al servicio de la Corona, destinado en el partido de Chancay, en el Virreinato del Perú. Un hombre que, en 1817, sostenía con convicción una causa completamente opuesta a la del Libertador. En el mismo año en que, tras la Batalla de Chacabuco (12 de Febrero de 1817), emergía con fuerza en la escena americana el General José de San Martín, conduciendo al Ejército de los Andes hacia el quiebre del orden colonial, otro San Martín —con el mismo nombre— escribía desde el Perú solicitando al virrey José Fernando de Abascal la confirmación de su grado de capitán y su autoridad militar. El documento, conservado en el Archivo General de Indias, no es solo una curiosidad nominal. Es, en sí mismo, una puerta de entrada a una dimensión más profunda: la coexistencia de dos formas de entender el mundo bajo un mismo nombre. Mientras uno comenzaba a trazar los hilos de la libertad americana, el otro representaba la persistencia de una identidad indiana que encontraba en la Corona la única fuente de orden, legitimidad y sentido. Para este último, la libertad no significaba emancipación, sino restitución; no implicaba ruptura, sino continuidad. Allí radica el verdadero valor de esta exposición contradictoria. No se trata solo de una coincidencia, sino de un espejo. Un contraejemplo que nos permite comprender que, en ese tiempo, la palabra “libertad” no tenía un único significado, sino que era disputada, reinterpretada y, en muchos casos, resistida. Después de “Chacabuco”, cuando la historia parecía inclinarse hacia un nuevo orden, aún persistían voces que defendían el antiguo. Y en esa tensión —entre ruptura y permanencia, entre revolución y lealtad—, incluso un nombre podía contener dos destinos opuestos, y es el de un tal José de San Martín (en realidad dos).

El otro San Martín

Conozcamos al José de San Martín, que defendía al Rey:

Fernando VII. El Escorial (Madrid), 14.X.1784 – Madrid, 29.IX.1833. Rey de España

(https://historia-hispanica.rah.es/biografias/16477-fernando-vii)

Te presento al Rey ! , al que nuestro José de San Martín le llamaba «Fernandito» irónicamente.

«Las coincidencias históricas»

Si el nombre José de San Martín parece destinado a encarnar la ruptura del orden colonial —al menos desde la mirada de los pueblos americanos que buscaban su libertad—, este otro San Martín —para los españoles peninsulares—, letrado, abogado y capitán en el partido de Chancay y Santa, representa, en cambio, su persistencia más profunda. No se trata solo de una coincidencia nominal.

En sus cartas, fechadas en abril de 1817 y dirigidas al virrey Abascal, emerge una figura que se construye desde una fidelidad absoluta a la Corona, no como imposición, sino como convicción. Su mundo no está en crisis: lo que percibe como amenaza es, precisamente, el orden que otros intentan derribar. Y es allí donde este hallazgo nos obliga a detenernos. Nos permite mirar la historia desde un ángulo menos transitado: no ya desde quienes impulsaban la ruptura, sino desde aquellos que, con igual convicción, defendían los intereses de la Corona española en América, creyendo —también— que en ello residía el verdadero orden de las cosas.

«De estos documentos destaco las siguientes afirmaciones y su análisis de este español peninsular, cuya voz no solo describe una posición política, sino que permite reconstruir una mentalidad completa, profundamente arraigada en el orden monárquico y en la lógica del mundo colonial».

Fuente: Archivo General de Indias (AGI), DIVERSOS, 5, N.923. «Solicitud de José San Martín a José Fernando Abascal para que le recomiende para la confirmación del grado de capitán y comandancia militar del partido de Chancay y Santa», Chancay (Perú), 7 de abril de 1817.

Español Puro

Lealtad absoluta a la Corona

En sus propias palabras, este San Martín se define a partir de una fidelidad que no admite fisuras ni ambigüedades. No se trata de una obediencia circunstancial, sino de una adhesión casi orgánica al sistema monárquico, donde su accionar político y administrativo se orienta a consolidar esa unidad entre pueblos y Corona: «…comprometiendo en unos mismos votos de fidelidad y amor a V.M. a la nación índica y a la española…». En esa misma línea, la figura del rey no aparece como una autoridad distante, sino como una presencia paternal que ordena el mundo: «…el mejor, y más amado Rey Padre de sus Pueblos…».

Aquí no hay distancia entre el poder y el sujeto: hay identificación.

 Rechazo a la independencia

Desde esa lealtad, su interpretación de los movimientos revolucionarios es tajante. La independencia no es comprendida como un proceso político legítimo, sino como una desviación peligrosa del orden establecido. Así lo expresa con claridad: «…inspirándoles horror al impío sistema, que parecía entablarse de independencia de la soberanía contra sus imprescriptibles derechos, y contra la misma ley de la naturaleza».

La palabra clave aquí es “horror”. No hay matices: la revolución es, para él, una amenaza moral y política.

Batalla de Chacabuco, óleo de José Tomás Vandorse. Museo Histórico Nacional de Chile.

Concepción del orden (monarquía como naturaleza)

Esa postura se sostiene sobre una base más profunda: una concepción del orden como algo natural, no discutible. Cuando afirma que la independencia atenta «…contra la misma Ley de la naturaleza…», está revelando el núcleo filosófico de su pensamiento.

No defiende simplemente a un rey: defiende un principio.
El orden monárquico es, en su mirada, el estado natural de las cosas.

Su rol como letrado y funcionario

Dentro de ese esquema, su identidad se construye desde el saber y la función. No es un militar improvisado, sino un hombre formado en las leyes, consciente de su valor dentro del aparato colonial. Él mismo lo deja ver cuando se destacan sus «…aptitudes de literatura y probidad…», así como su desarrollo «…por la carrera de las Letras en la profesión de las Leyes…», llegando incluso a señalar que ha «…obtenido la mejor opinión entre los causídicos del foro de esta Real Audiencia…».

Su autoridad, entonces, no se basa solo en el mando, sino en el conocimiento.
Es, en esencia, un hombre del orden jurídico trasladado al terreno político-militar.

Fragmento de una de las cartas y la respectiva firma del «otro» San Martín.

Mérito y servicio al Rey

Desde ese lugar, construye también su legitimidad. Su relato está atravesado por la idea de servicio constante, de entrega personal a la causa del Rey, incluso por encima de sus propios intereses: «…el fiel desempeño de sus deberes en servicio de V.M.…» y «…abandonando sus particulares intereses por atender personalmente… al bien del Estado…».

Aquí aparece una lógica fundamental: el mérito como base del reconocimiento.
Pero también, como veremos, la frustración cuando ese mérito no es recompensado.

Su conflicto, y su desilusión

Porque detrás del funcionario fiel emerge el hombre herido. Su correspondencia está atravesada por el sentimiento de injusticia, por la sensación de haber sido desplazado no por incapacidad, sino por intrigas y decisiones ajenas a su desempeño: «…se me despoja igualmente de la Comandancia Militar…».

Ese despojo no es solo administrativo, es simbólico. Por eso reclama que se «…reparará el desaire que ha sufrido…», reafirmándose a la vez como «…un vasallo fiel…».

La tensión es evidente: fidelidad absoluta frente a un sistema que no le responde con la misma reciprocidad.

Su visión del poder

En ese contexto, su concepción del poder adquiere un matiz particular. No cree en la primacía del mando por jerarquía militar, sino en la autoridad que surge del conocimiento. Lo expresa con claridad al sostener que es «…siendo más apto un letrado militar… por la más escrupulosa inteligencia de esas leyes…».

Aquí se define a sí mismo:
no como un simple ejecutor, sino como un intérprete del orden

Conclusiones

Subordinación Extrema: La «Hechura» del Virrey

Esta lógica alcanza su punto más profundo cuando describe su vínculo con el poder. Este San Martín no se presenta como un actor autónomo, sino como resultado directo del sistema de patronazgo colonial: «En verdad q.e fui formado p.r V. E. y hechura de su liberal creacion».La elección del término no es menor. “Hechura” implica dependencia, origen, pertenencia. Refuerza esta idea al establecer un vínculo casi filial con el virrey, al que trata «como a un Padre».

Su identidad no es individual: es otorgada.

Visión del Conflicto: «Insurgentes» y «Piratería»

Desde esa estructura mental, su lectura del conflicto revolucionario es coherente. No hay épica en el proceso independentista, sino desorden e ilegalidad. Describe las acciones revolucionarias como «Infeliz ocurrencia… de que los Insurgentes Porteños destrocen las embarcaciones de comercio», o como situaciones que requieren el «resguardo… en los críticos tiempos de la Piratería Porteña». Incluso retoma la idea central: «Inspirándoles horror al impío sistema…».

La revolución, en su lenguaje, no es liberación: es piratería, es ruptura, es caos.

Identidad como «Fiel Vasallo Indiano»

Sin embargo, su identidad encierra una tensión interesante. Se reconoce como americano, pero no rompe con la estructura imperial. Se define como «El fiel Vasallo Indiano», reafirmando su pertenencia a las Indias, pero subordinada a la Nación Española. Cuando habla de «la nación índica y la española», no establece una ruptura, sino una continuidad. Su aspiración es clara:
demostrar que la lealtad no depende del origen, sino de la convicción.

El Conflicto: «El Agravio» y la Intriga Política

En el núcleo dramático de sus cartas se encuentra en el agravio sufrido. No atribuye su desplazamiento a errores propios, sino a una red de intereses y rivalidades: «Una intriga por el Sr. Intendente… declaró su rivalidad, por fines particulares» o «se me despoja… por un influxo irresistible». Denuncia decisiones que ignoran méritos y priorizan influencias, evidenciando un sistema que, aun en su rigidez, no escapa a las lógicas de poder internas. Aquí aparece un elemento clave:
el sistema que defiende también lo traiciona.

El Perfil: El «Letrado Militar»

Finalmente, su autopercepción se consolida en una figura particular: la del “letrado militar”. Se define a partir de sus «aptitudes de Literatura y probidad», y sostiene que su formación lo convierte en un actor más eficaz que muchos militares de carrera. Para él, la guerra no se gana solo con armas, sino con comprensión del orden: leyes, normas, estructuras. Su aspiración final incluso lo confirma, al proyectar el “término de su Carrera Literaria” dentro del sistema judicial del reino.

Es, en definitiva, un hombre que cree que el conocimiento legitima el poder.

Reflexiones y verdades

Y es allí donde este episodio encuentra su verdadero sentido. Porque no se trata solo de rescatar una curiosidad histórica ni de detenernos en una coincidencia de nombres. Lo que emerge, en profundidad, es una tensión que atraviesa todo el proceso independentista: dos hombres llamados José de San Martín, encarnando dos formas opuestas de entender la libertad. Uno, como ruptura del orden colonial; el otro, como su restitución. Y ambos coexistiendo en un mismo tiempo, en ese decisivo 1817 donde el destino de América comenzaba a definirse. En ese espejo —tan inesperado como revelador— no solo se refleja una ironía, sino una disputa mucho más profunda: la del sentido mismo de la libertad. Dos nombres, entonces, pero también dos destinos… uno defiende a su Rey, el otro viene a destruir el poder de ese mismo Rey.

Cerrando este nuevo escrito —que me ha permitido reflexionar sobre las interpretaciones y las distintas posturas frente a lo que consideramos bien o mal, justo o injusto, triunfo o derrota—, es inevitable advertir cómo esas certezas comienzan a tambalear cuando aparece otro punto de vista. Y aquí no se trata de justificar a este José de San Martín, español peninsular, sino de comprender su lugar: un hombre que reclama el reconocimiento de sus servicios a la Corona, que se siente desplazado por decisiones políticas y que, desde su propia lógica, interpreta que las acciones de los revolucionarios independentistas atentan contra todo aquello que conoce, cree y defiende. Sin embargo, lo más revelador no es solo su postura, sino su nombre. Porque resulta inevitable detenerse en esa coincidencia: cómo un mismo sello, tan cargado de sentido para quienes reconocemos en José de San Martín al Libertador de América, aparece también en otro hombre, en otros documentos, en otro escenario, ocupando un rol similar —salvando, por supuesto, todas las distancias—.

No se trata de equipararlos. La dimensión histórica, política y humana de nuestro San Martín trasciende cualquier comparación. Pero sí de reconocer que esta aparición nos obliga a mirar la historia de un modo más amplio, más complejo, casi circular, donde las voces no son únicas y las miradas tampoco. Y entonces surge la pregunta: ¿sabía este San Martín peninsular quién era el Libertador? ¿Llegó nuestro San Martín a conocer la existencia de este homónimo en las filas del ejército español? Tal vez nunca lo sepamos. Pero lo cierto es que, incluso en esa distancia, el contraste habla por sí solo. Porque mientras uno quedará inevitablemente ligado a los márgenes de la historia, el otro —nuestro José de San Martín— ha dejado una huella tan profunda que todo aquello que roce su nombre parece quedar, para siempre, bajo su sombra… o, quizás, bajo su luz.

Pd: Te dejo la firma indeleble, escrita con fuego sagrado, que ni los siglos podrán borrar de » José de San Martín», del que muchos somos devoto y profesamos su Legado.. mi abrazo de siempre!



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