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Los misterios y secretos detrás del héroe. José Francisco de San Martín , su vida en un enigma constante.


Episodio 31: «El batallón que San Martín no esperaba: niños, tercerolas y un 25 de Mayo”

«El batallón que San Martín no esperaba: niños, tercerolas y un 25 de Mayo»

Por Eduardo Guidolín Antequera

«La Patria la defendemos todos»

¿Qué peso tiene la palabra Patria? ¿Y cómo se la ha usado —y se la sigue usando— con tanta soltura, sin el peso de lo que realmente significa?

Desde el primer gobierno patrio de 1810 hasta la Declaración de la Independencia de 1816, no solo había que ganar una guerra: había que construir un concepto. Había que darle carne y hueso a palabras como Patria, Libertad e Independencia, y al mismo tiempo gestar las nuevas bases sociales de una sociedad que estaba naciendo sin saber del todo qué forma iba a tomar. En ese proceso aparece San Martín, sumándose a tantos hombres y mujeres que quisieron parir esa Patria. Sí, esa que hoy llamamos Argentina —aunque San Martín y Belgrano siempre pensaron en una dimensión más amplia, la que llamaban la Patria Grande, una visión continental que pocos comprendieron entonces y que todavía hoy cuesta entender en su verdadera magnitud. Hoy quiero recuperar personajes y anécdotas de las campañas de la empresa libertadora, en su base de operaciones: Mendoza.

Porque en esos años se tejió el entramado social de algo enorme. Lo que estaba sucediendo entonces, lo que vendría después, y lo que hoy llamamos fechas patrias no es un mero festejo con acto escolar. Está impregnado de historias concretas, de gestos humanos, de decisiones que cambiaron el rumbo de un continente. Y una de esas historias casi no se cuenta.

¿Sabías que San Martín formó un batallón de niños escolares mientras organizaba el cruce de los Andes? No es un mito. Está documentado por uno de esos mismos niños, sesenta y siete años después.

Tomas José Díaz

El niño mendocino que conoció a San Martín

Tomás José Diaz sabiendo ya quién era el General San Martín en su época.

José Díaz1, en su infancia en los años 1814 y 1815, integró la Compañía de Fusileros del Colegio Franciscano de Varones de Mendoza, y el Batallón General San Martín.

1 Vicente, Cuótolo. Nuevo Diccionario Biográfico Argentino t II, cit, p 548.

Que placer conocer al Héroe de carne y hueso. Dichosos los que vivieron en la época del Libertador!

«El Batallón de Fray Lamas»

Famosa fue —entre otras— la escuelita de Fray José Benito Lamas, a quien mucho admiró por su patriótico celo el Gran Capitán. Fray Lamas logró formar con sus niños un grupo compacto y disciplinado, al que bautizó con el nombre de “Batallón General San Martín”.

La historia de ese batallón llegó hasta nosotros gracias al testimonio de don Tomás José Díaz, quién a sus 82 años, recordó con notable precisión lo que había vivido de niño como miembro de aquella famosa compañía del Padre Lamas. Sus palabras nos devuelven algo que los libros de historia suelen ignorar: lo que significaba crecer en Mendoza durante los años de la gesta libertadora. Ser niño o adolescente en esa época y en ese lugar era, de algún modo, ser parte de la Patria que se estaba construyendo.

«Cuando era niño..»

“Era yo alumno de aquella escuela —expresa Díaz— y a esa circunstancia debo el hallarme en aptitud de referir con exacto conocimiento de causa los hechos de que me voy a ocupar. Conversando un día el general San Martín, general en jefe del Ejército y gobernador de la provincia, con el Padre Lamas, dijo a este último que creía muy conveniente que sus alumnos se ejercitaran en el manejo del arma de infantería. Nuestro director —agrega Díaz— acogió con entusiasmo la idea del general. En la escuela había unos cuantos jóvenes que conocíamos regularmente dicho manejo, así como los movimientos y evoluciones correspondientes al arma indicada, y sobre nosotros recayó, naturalmente, el encargo de disciplinar a los demás compañeros”.

El Padre Lamas eligió los mayorcitos y capaces, que pronto aprendieron marchas y contramarchas y se ejercitaban con fusiles de palo. Sus exhibiciones las realizaba el batallón en la Alameda, a cuyo efecto el bravo Las Heras les había facilitado un tambor. Cada vez que los niños efectuaban sus ejercicios, la plaza se llenaba de curiosos y damas, que seguían con vivísimo interés y patriotismo todos los actos que ejecutaban aquellos futuros soldados.

“…Aproximábase el 25 de Mayo de 1816, y el director, Padre Lamas, nos dijo que era menester que para la víspera del gran día, oficiales y soldados, tuviésemos nuestros uniformes. Ni uno solo de nosotros dejó de cumplir con la orden de nuestro querido director, pues en aquellos tiempos gloriosos los niños, lo mismo que los viejos y las mujeres, nombrándoles la palabra Patria, no había sacrificio que no hiciesen, ni esfuerzos que no realizaran.

        A seis jóvenes entregó el director una arenga o una composición patriótica, para que la estudiaran de memoria y pudieran recitarla el 25 en la plaza, después de la gran salva de la salida del sol.

Re interpretación de como se veía la ciudad de Mendoza, en el siglo XIX.

“Quince días antes del 25, nos entregó el director a tres oficiales, constituidos al efecto en comisión, un oficio que debíamos poner en manos del general San Martín, y en el cual el Padre Lamas pedía a este último que dispusiera lo conveniente para que fueran entregados a nuestro batallón doscientas tercerolas e igual número de cartuchos de fogueo para los próximos ejercicios y las descargas que debíamos hacer al despuntar el sol del gran aniversario.

      San Martín, en cuanto se hubo enterado del contenido del oficio, batió las manos de alegría y exclamó: «¡Viva la Patria!», mandando a extender la orden pedida por nuestro director. Al despedirnos, nos recomendó el General que tuviésemos mucho cuidado de no lastimarnos con las armas, a lo que uno de nosotros contestó: «Pierda cuidado, señor, que lo haremos como V.E. lo desea».
¡Con qué satisfacción —agrega Díaz— leíamos y releíamos la orden, mientras nos encaminábamos a dar cuenta al director del feliz resultado de nuestra comisión!

“Cuando llegamos a la escuela, y la pusimos en manos del Padre Lamas, los tres comisionados la sabíamos de memoria”.

El convento de San Francisco era no sólo escuela, sino también el “cuartel general” de los niños patriotas de Fray Lamas.

Por la noche del 24 —agrega Díaz— el pueblo entero acudió a presenciar los grandes fuegos artificiales, aquellos célebres fuegos del Padre Beltrán, siendo objeto de la atención general los niños soldados del «Batallón General San Martín», que habían ido con sus uniformes.

“…En el centro de nuestro batallón flameaba la bandera celeste y blanca, de riquísima seda, lo mismo que su banda para sostenerla, con las armas de la Patria, todo ello trabajado por las señoritas de la provincia de Mendoza.

 Al terminar el Himno y las recitaciones, echáronse nuevamente a vuelo las campanas de todos los templos… y las tropas tomaron el camino de sus respectivos cuarteles, con excepción de la nuestra, que después de cargar las armas, marchó en dirección contraria de la que todos esperábamos. ¿Adónde nos llevaban? Pronto lo supimos y con júbilo inmenso: íbamos a la casa del General San Martín, distante tres cuadras y media de la plaza”.

El General San Martín los aguardaba, acompañado de un grupo de oficiales y particulares, pues se le había comunicado la visita.

“Llegados frente a la casa —añade el señor Díaz— desplegamos en batalla, y a la voz del «comandante» hicimos una descarga cerrada que nos valió un aplauso del General y un «¡Viva la Patria!», dado por él mismo con potente voz y que todos repetimos entusiasmados”

Luego, todos se encaminaron hacia la Catedral, lo mismo que las tropas, para asistir a la Misa de acción de gracias. El General San Martín, “vestido de gran uniforme, dirigíase al templo a pie, acompañado del ilustre Cabildo y las Corporaciones”.

Terminadas las ceremonias, el batallón infantil se encaminó al “cuartel”, el modesto convento, para recibir nuevas órdenes de su director. El Padre Lamas, satisfecho por la brillante acción de sus muchachos, los obsequió con empanadas y golosinas, y despidió con estas palabras: “Tienen ustedes tres días de asueto, porque se han portado bien. Pueden retirarse”.

“El comandante Corvalán —dice Díaz— dio la orden de romper filas, acompañándola de un «¡Viva la Patria!», que todos repetimos, y el batallón —cuyo desbande presenciaba el buen Padre Lamas, con ojos en los cuales poco faltaba para que apareciesen las lágrimas, por la visible emoción que lo dominaba— se desbordó por todos los ámbitos de la alegre y bulliciosa ciudad”.

Bartolomé Mitre y Vedia nos han dejado al respecto este escrito brillante. Se hallaba “Bartolito” en Mendoza, en 1883, en misión que le confiara el diario La Nación, cuando tuvo la feliz idea de entrevistar a don Tomás José Díaz, de 82 años entonces, quien fuera en su niñez miembro de aquella famosa compañía del colegio del Padre Lamas. De aquel ilustre anciano, Mitre y Vedia recogieron preciosas informaciones que, como él mismo lo dice, “proyectan mayor luz sobre una época cuyos incidentes todos conviene popularizar, así como las ideas y sentimientos en ella predominantes”.

Fuente: Armando Tonelli y Alberto Bembihy Videla, Síntesis Documental Sanmartiniana, Instituto Nacional Sanmartiniano, pp. 65-66.

Conclusiones

Toda lectura del pasado exige un ejercicio que solemos evitar: despojarnos de la mentalidad del presente antes de juzgar. Hoy, en nuestro contexto, resulta difícil imaginar a niños portando armas de ensayo dentro de una escuela o de un convento, formando parte de un batallón simbólico militar junto a las fuerzas del ejército. Y sabemos los contextos que han acontecido de problemas ACTUALES en los establecimientos con amenazas y esta situación actual de inducir a la violencia, pero estamos queriendo prevenir una SOCIEDAD con fragmentos que ya esta con síntomas, y «prevenir» como siempre se dice es mejor que curar, y así como la Educación es base de la sociedad, lo son la Cultura y sus expresiones, los valores, el respeto y la ética. Por eso los procesos educativos deben cambiar, se debe enseñar «ANTES», sino ya es TARDE!

Sin embargo, en 1816 las realidades eran otras, y lo que hoy podría leerse como una locura era entonces una expresión natural de lo que ese momento histórico exigía a cada habitante, grande o pequeño. Aquellos niños no eran ajenos a lo que estaba ocurriendo. Eran parte del entramado social de una sociedad en construcción, que necesitaba que todos —hombres, mujeres, ancianos y también niños— sintieran la Patria como algo propio y urgente. Porque cuando el Batallón de Fray Lamas desfiló y le hizo su salva al General San Martín aquel 25 de Mayo de 1816, todavía faltaban cuarenta y cinco días para que la Independencia fuera declarada en Tucumán. Lo que esos chicos estaban celebrando aún no existía en papel. Pero ya vivía en ellos.

Reflexiones

Hoy quise traer esta anécdota porque nos permite ver algo que solemos evitar: la historia en toda su complejidad, sin idealizarla, sin quedarnos solo con lo épico o lo trascendental, sin entender los procesos sociales que había detrás de cada gesto que hoy llamamos heroico.Y esto no está tan distante de nuestro presente, ¿verdad?

Aquellos niños que formaban el Batallón del Padre Lamas probablemente no eran los hijos de las familias más acomodadas de Mendoza. Es razonable pensar que entre ellos había mestizos, zambos, mulatos, hijos de indios — los mismos sectores que la historia oficial relegó al fondo del relato. Y sin embargo, ahí estaban: aprendiendo a marchar, portando una bandera de seda bordada por las mujeres de la provincia, repitiendo con convicción una palabra — Patria — que nombraba algo que todavía no existía formalmente.

Porque el 25 de Mayo fue el primer grito de gobierno propio, pero con eso no alcanzaba para cortar los lazos de tres siglos de conquista y colonia sobre América. La Independencia real aún estaba por nacer.

Y aquí aparece San Martín en una dimensión que pocas veces se señala: no solo como estratega militar, sino como constructor de subjetividad colectiva. Alguien que entendió que para liberar un continente primero había que encender en su gente el deseo de ser libre. Que la chispa de la nacionalidad debía prender en todos — no solo en los generales y los cabildantes, sino en los niños, en las mujeres que bordaban banderas, en el pueblo que salía a la plaza a ver desfilar a sus hijos con fusiles de palo.

Fiestas Mayas. Y no era un festejo vacío: era una tecnología política de construcción identitaria, una forma de hacer sentir a cada habitante de este suelo que la Patria que estaban peleando también les pertenecía.

Quizás hoy celebrar el 25 de Mayo no debería reducirse a comer locro, ponerse una escarapela simplemente o participar de un acto cívico y escolar. Quizás debería empezar por preguntarse por qué estamos ahí, qué significa ese día, y quiénes fueron realmente las personas — con nombres, con rostros, con orígenes diversos — que hicieron posible que hoy tengamos una fecha para recordar.

Nuestra memoria les debe eso.

Mi abrazo de siempre.

VIVA LA PATRIA! ..todos los días!



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